
HACIA MEDELLÍN
Los antecedentes más cercanos del proceso de maduración eclesial de América Latina nos hacen volver la mirada a la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Río de Janeiro, en 1955, en tiempos del pontificado del Papa Pío XII. Dos años antes de su realización, proyectada para coincidir con el XXXVI Congreso Eucarístico Internacional, empezó a ser preparada la gran asamblea que, con la participación de cerca de cien Obispos, se realizó del 25 de julio al 4 de agosto.
Río (1955), Medellín (1968) y Puebla (1979) son los grandes hitos en un largo caminar que tiene como horizonte cercano el aniversario de nuestra evangelización continental de 1992, y algunos años más tarde el advenimiento del Tercer Milenio de nuestra fe.
Río ha sido el gran olvidado, y sin embargo es el primer gran hito del camino de la esperanza que está invitado a recorrer el Pueblo de Dios que en estos tiempos peregrina por las tierras de América Latina. «De ella surge la orientación definitiva del Episcopado de América Latina para los años en que vivimos —decíamos con ocasión del 25 aniversario de Río—. El mismo Consejo Episcopal Latinoamericano nace como sugerencia de esa reunión tan sensible a las inquietudes profundas del pueblo de estas tierras. De Río nace un Documento y una Declaración, vinculados entre sí y complementarios. La revista “Medellín” del Instituto Teológico Pastoral del CELAM señala, con indiscutible acierto, sobre este injustamente olvidado documento: “Uno lo lee hoy primero con cierta curiosidad, después con interés, y termina sacando provecho de su espíritu. Mucho de lo que teníamos como novedades del Concilio Vaticano II o de Medellín, lo encontramos en este Documento de 1955”. Y eso es la pura verdad» 10 .
La reunión de Río de Janeiro se sitúa en una larga tradición de encuentros provinciales, entre los que destacan los Concilios Limenses, desde el primero realizado en 1551 hasta el último en 1772. Cuando el Papa Pablo III, por Bula del 31 de enero de 1545, elevó a la sede de Lima al rango de metropolitana, recibiendo como sufragáneas a casi todas las diócesis de América Austral, desde Nicaragua, Castilla de Oro (Panamá), Popayán (Colombia), Quito y Cuzco, quedó expedito el camino a la realización del Primer Concilio Provincial de estas tierras latinoamericanas, obstaculizado hasta entonces por depender las sedes americanas del muy lejano Arzobispado de Sevilla. El primer Concilio fue algo accidentado, particularmente por haberse hecho representar los Obispos mediante Procuradores. Más allá de las discusiones históricas y jurídicas sobre su validez, es un hecho que sus decretos estuvieron vigentes en la provincia eclesiástica del Perú por más de treinta años. Para el tiempo del Segundo Concilio Limense, el número de sedes sufragáneas había aumentado incluyendo a Asunción y La Plata, en Argentina, y Santiago y La Imperial, en Chile. Aunque en esta ocasión el área geográfica latinoamericana parecería mejor representada, ocurrió que diversas vicisitudes impidieron la asistencia de todos los Obispos, algunos por estar las sedes vacantes, otros por razones diversas 11 . Los otros Concilios, incluso el Tercero 12 , que presidió Santo Toribio de Mogrovejo, estuvieron marcados por diversas vicisitudes que, al lado de las limitaciones jurisdiccionales, hacían más nominal que real su pleno alcance sub-continental.
Ampliando un poco más el área geográfica cubierta por las sedes convocadas, se realizó, esta vez sí con efectivo alcance sub-continental el Concilio Plenario de América Latina, en Roma, en 1899. La reunión fue convocada por el Papa León XIII, en 1898, aludiendo al IV Centenario del Descubrimiento de América y a la preocupación por que los de la raza latina, a quienes pertenece más de la mitad del Nuevo Mundo, se reúnan para mirar a los intereses comunes. Al publicar los Decretos del Concilio Plenario, el Papa León sostenía: «Así como, en todos tiempos, hemos dictado las medidas más oportunas, para que en todas ellas brillen cada día más y más el esplendor de la cristiana piedad y el vigor de la eclesiástica disciplina, así también recientemente hemos exhortado a todos sus Arzobispos y Obispos, a que tomaran la determinación de congregarse en Concilio Plenario. Bien comprendíamos su grande utilidad y suma eficacia; porque nadie mejor podía conocer las necesidades de cada una de sus Iglesias, que aquellos designados por el Espíritu Santo para gobernarlas; y la mutua comunicación de los pareceres de tantos Pastores, no podía menos que añadir eficacia y valor a sus esfuerzos para apartar a los fieles de los peligros, robustecer la disciplina y proveer al bienestar del clero y del pueblo» 13 . En esa ocasión la convocatoria provenía del Papa, y alcanzaba a todos los Obispos de las repúblicas de América Latina. Poco más de medio centenar de Padres conciliares representando a las sedes episcopales de América Latina se reunía de cara al siglo XX en el Colegio Pío Latinoamericano. Al transcurso de los años, los efectos benéficos de la cohesión lograda no tardarían en ir desapareciendo en la historia cotidiana del Pueblo de Dios disperso por la Patria Grande latinoamericana.
Plenamente consciente de esta realidad disgregada, y no sólo por razones geográficas o de experiencia diversa en el proceso histórico y evangelizador, los cerca de cien Padres, reunidos en el Colegio Sagrado Corazón, en Río, buscaron una solución. Así, la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano dio lugar al establecimiento de un organismo permanente de contacto y coordinación de los diversos Episcopados de América Latina, integrando representantes de las diversas Conferencias Episcopales nacionales: el Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM, aprobado por el Papa Pío XII, el 2 de noviembre de 1955. Sus acciones de estímulo a las tareas episcopales, y de aliento a la conciencia de comunión episcopal se desarrollan desde el momento de su instalación efectiva.
En 1958, se crearía en Roma otra institución destinada a alentar la visión conjunta de los Obispos latinoamericanos en relación con las Sagradas Congregaciones vaticanas. Este nuevo organismo de cooperación y comunión eclesial se llamó Pontificia Comisión para América Latina (CAL). El CELAM y la CAL son dos mecanismos fundamentales en el proceso de maduración continental de la Iglesia en América Latina.